21.12.09

Enrique Vila-Matas: Cuando Johnny Guitar guardaba su casa





Enrique Vila-Matas: El viajero más lento

Después de leer “París no se acaba nunca” y, en general, cada vez que le veo sacar del baúl su traje de explorador -que no de novelista-, Enrique Vila-Matas siempre me conduce irremisiblemente a la misma conclusión: la de que el hombre se lo pasa de muerte con su famosa literatura portátil.

Además, yo diría que le encanta esa actividad de detective que le permite “encontrar al asesino” en los barrios bajos de las otras literaturas. También, y ya puestos, decido por mí mismo que el mejor Vila-Matas no es el novelista, sino el fisgón. Un fisgón con rango de deshollinador compulsivo que se ve impelido, por sus propias tendencias, a moverse en las orillas de esos ríos que al gremio de etiquetadotes gusta de denominar “literatura” pero que, sin dejar de serlo, siempre son otra cosa.

No hace tanto que me crucé con él en el tanatorio de Les Corts. Sostenía sobre sus manos un ramo de flores, hecho insólito en un ritual protocolizado hasta el mínimo detalle y que –no seamos hipócritas- tan beneficioso resulta a familiares y deudos en general-, aunque siempre haya una cuñada que realice la oportuna observación del lo sustancioso que resulta poseer el monopolio de un gran negocio como el de la funeraria. Lo cierto es que me extrañó encontrarme con la “viva” estampa de Vila-Matas en un lugar como aquél y mentiría como un bellaco si no confesara que por un instante pensé en que acudía al velatorio de la literatura escrita y, simultáneamente me recordó una de esas fotografías insólitas a las que tan bien acostumbrados nos tenía Julio Cortazar. Lo cierto es que me sorprendió porque siempre me he imaginado a Vila-Matas sentado en la gran mesa redonda del Salambó, o bien sentado ante su portátil jugueteando con las teclas mientras se le escapa una risa floja. O en cualquiera de las habitaciones de hotel, en alguno de sus numerosos viajes, ahora que ya es un novelista famoso y premiado. Entrando en la habitación y encontrándose con el agua del florero que la flor oxida, una maleta olvidada junto a la cama: etiquetas de hoteles franceses, un juego de cepillos sujetos con elásticos. Crucigramas resueltos a lápiz, el siete horizontal.
Dadas las circunstancias, ni siquiera me extrañó que se acercara a mí y me susurrara al oído: “Hemos pasado del duelo a la nada absoluta. Ahora se te muere alguien y en el tanatorio te dicen: Lo has de superar. Rompes con la pareja y la gente pretende que al cabo de dos semanas ya tengas otra. Pero, ¿y el duelo? ¿Dónde queda el duelo, pensar en la pérdida, en lo que significa la pérdida?"

Aunque quizás todo fue un sueño y nada de esto ocurrió. Un sueño que había anotado apresuradamente (¡Ah! El olvido) en el margen del texto del libro de Philip Roth que estaba leyendo y que me cabía en el bolsillo de la chaqueta.
Porque es allí precisamente, en las fronteras del texto, donde se encuentra de todo, parece decirme don Enrique: desde escritores suicidas hasta escritores que no escriben. Pero, sobre todo, y por encima de todo, relatos insobornables, textos que permiten (y que administran) la reflexión, la digresión, el descanso, la dificultad y la obligada relectura. Cualquier esfuerzo vale la pena siempre que se pueda minimizar el triste espectáculo del colega o conocido que, con una sonrisa de oreja a oreja, exclama entusiasmado: ¡Me lo he leído de un tirón! Como si tuviera prisa…
Contrario a la perfección como fundamento, Vila-Matas está siempre dispuesto a acabar con los números redondos. Quizás sea por ello que a pesar de que la jerarquía literaria se empeñe en premiarle sus novelas, él prefiera (quiero creerlo así) seguir deleitándonos con su proverbial diletantismo de coleccionista del ocultismo literario y de arbitrariedades del azar. De ahí su fervor por lo raro que tan bien queda reflejado en sus ensayos, breviarios, cuadernos, notas o como queramos llamar a ese discurrir del viajero más lento.
Puede que uno de los motivos sea que así se siente más el otro que él mismo, debilidad de los que buscan y no encuentran, y gracias a esa suerte siguen buscando, aunque como dijera Javier Cercas “uno nunca encuentra lo que busca, sino lo que la realidad le entrega”. Sea como fuere, confieso que es ésa precisamente la única forma con la que disfruto leyendo (y viajando). Lentamente. Como si esa ambición enciclopédica de juventud de conocimiento, de leerlo y saberlo todo ya estuviera colmada. Como si todos los libros fueran el mismo libro, éste que estás leyendo ahora mismo y no te importara demorar su final, porque al fin y al cabo el siguiente seguirá siendo el mismo libro. Como si nunca hubiera otro libro esperándome, otro museo que visitar, otra autopista que recorrer. Johnny Guitar lo sabía.
Johnny Guitar, de Nicholas Ray, es la película que más veces ha visto en su vida, cuenta el autor. En cuanto la pasaban en París en alguna sesión golfa, allí estaba él en la cola nocturna, dispuesto a ver aquella película por enésima vez. Le fascinaban sus diálogos sobre el amor y también le encantaba la seguridad que emanaba de la fuerte personalidad del héroe. Pensaba que de haberle conocido en su infancia, ésta habría sido muy distinta de lo que había sido. Se imaginaba a mí mismo durmiendo en su cuarto de niño, alejado de cualquier terror nocturno, sabiendo que Johnny Guitar guardaba la casa. Se sabía de memoria todo lo que el héroe decía en la película, sobre todo los diálogos de amor, como aquel en el que Johnny (Sterling Hayden) le pregunta a Viena (Joan Crawford) a cuántos hombres ha amado y Viena le pregunta a Johnny a cuántas mujeres ha olvidado.

Etiquetas:

8.12.09

Su dibujo era pausado como el de Matisse


Mi farmacéutica era de ese tipo de mujeres que se nota a la legua que están la mar de a gusto con su cuerpo. Aunque no ocurría lo mismo con su marido, que siempre me recordaba a Zoco, el medio centro del Madrid de la generación de los ye-yes, una especie de poste con pinta de empleado de la Compañía de Aguas que, de vez en cuando, emergía de la trastienda acompañado de un rictus fúnebre y un montón de envases de medicamentos en las manos. Julia, que así se llamaba la farmacéutica, valenciana para más señas, me dijo en una ocasión –cuando nuestra relación había traspasado la estrictamente comercial para pasar al terreno más sugerente de las complicidades, los consejos afectuosos y las confidencias nada peligrosas- que los gatos tienen una corteza cerebral reducida y que lo que atribuimos, novelescamente, al señorío no es más que pura limitación.


Se trataba de uno de esos momentos cruciales en una relación. En mi caso no cabían dudas: a pesar de no estar de acuerdo con el razonamiento, observé una vez más, junto al primer escalón de la entrada al establecimiento, un pastor alemán, aparentemente más dócil que el Tribunal Constitucional que, según comprobé, se dejaba acariciar sin necesidad de grandes preámbulos. También es verdad que tengo mucha mano con los animales. Cuando me acuesta, lo hago con Sultán, mi distinguido y señorial gato común. Nos damos las buenas noches, cada uno al otro extremo de la cama, y no puedo dejar de pensar la misma frase: Vaya par de tontos.

- Dicen que el animal cada vez se parece más a su amo – continuó Julia, dibujando una sonrisa y echándose para atrás su cabellera pelirroja con una majestuosidad que consiguió hacerme recordar a la mismísima Rita Haywort. Una sonrisa que en ocasiones dibujaba oscuras esquinas como las de Edgard Hooper, mientras ordenaba al perro que se retirara tras el mostrador.

- Una verdad como una casa – le dije-. Yo, cada vez me parezco más a mi gato.

Y ella rió. Una risa enérgica y sonora pero hermosamente modulada.

Nada más lejos de la realidad. Eso que afirmaban algunos vecinos malintencionados -y, tal vez, descontentos con su suerte-, de que la farmacéutica es arisca y te lanza un moco por menos de lo que cuesta un euro. Lo comprobé desde el día que entré por primera vez en el local. Ella estaba ordenando unos folletos en el expositor del fondo y giró su rostro como Rita Hayworth en esa escena de Gilda, cuando George McReady y Glen Ford entran en el dormitorio de Rita y George se la presenta como su reciente esposa, haciéndolo con una satisfacción que hace sospechar al espectador que McReady sabe más de lo que aparenta saber. Sí, no discutiré que hubo su buena dosis de fantasía en aquella percepción, pero también es cierto que existió su porción de “química” entre mi mirada y la de la farmacéutica. Julia, creo que ya lo he dicho, es alta y pelirroja, y algunos de sus gestos, aparentemente adustos, y, sobre todo, ese pronto tajante que la caracteriza sólo espantan a las moscas y a las señoras que acuden a que les tome la tensión sanguínea y que no paran de dar la tabarra. Para decirlo claramente: Julia tiene un atractivo fácil de explicar, una belleza salvaje e insultante, apenas oculta por esa apariencia insensible, como de indiferencia.


Por eso mismo, los dos piropos casi seguidos y absolutamente sinceros; merecidos y justificados por un cambio de peinado que la favorecía cantidad y esa sombra de pecas que se reflejaban en el crepúsculo de su sonrisa y que la asemejaba cada vez más a Rita Hayworth. Desde ese momento, se creó una complicidad, tan delgada como el cambio de luz al pasar del exterior al interior del local. Una connivencia tan sutil, cimentada en cuestiones aparentemente tan banales como la recomendación de un analgésico, un antibiótico o un jarabe para el dolor de garganta. Y queda para esa línea delgada de la cábala o la conjetura el hecho de que los dos, farmacéutica y cliente, comprendiéramos que nuestra atracción mutua no sólo era carnal sino que también tenía que ver con el espacio, como si sus sentidos se movieran con sorprendente agilidad –como ocurre con los gatos – sobre la base de un territorio seguro y estable, el del establecimiento, un territorio tan real como imaginario, tan a tenor de los sentimientos de cada uno. Y a pesar de todo, Pilar, la de la tienda de ultramarinos seguía insistiendo - ¿celosa quizás?- de que a buena parte de la clientela la farmacéutica no acababa de "hacerle el peso".

Por eso, inevitablemente, como una determinación que a la vez nos era ajena y nos empujaba cada vez más, nuestra relación se movía en ese terreno amable pero lento de las frases convencionales y del intercambio comercial. De las miradas y las risas en aparentemente inocuas. Y fue así como, poco a poco, los consejos farmacológicos, la toma de la presión y la compra exagerada de caramelos sin azúcar cedió el paso a alguna que otra frase cómplice y trasgresora. Los comentarios jocosos sobre hábitos y variedad de clientes. Los truquis sobre las infinitas combinaciones entre medicamentos. Las confesiones sobre las filias y las fobias. Su risa.

Así, todo parecía tan seguro, el reducido territorio de la farmacia, con su condición de espacio acotado y con unos límites nunca mejor definidos, igual que en cualquier juego, en el que las reglas contemplan todas las variantes y cuya trasgresión hace que ya nada tenga sentido, que nuestra relación se parecía cada vez más a la que mantenía con mi gato, limitados ambos por un territorio fijo -como con Julia-, por una órbita lenta y pequeña. Como diría Cortazar, “un gato no viaja, su órbita es lenta y pequeña, va de una mata a una silla, de un zaguán a un cantero de pensamientos; su dibujo es pausado como el de Matisse".

Etiquetas:

27.11.09

Impresionante el cojo Espinosa




Impresionante, la nueva obra de Albert Espinosa. Sirvieron de bien poco las bondadosas advertencias sobre el nuevo registro del autor, aunque, a decir verdad, para aquél que haya leído y disfrutado con su libro “El món groc” no puede haber mucha sorpresa en el hecho de que el autor -en su añorado regreso al Espai Lliure- finalmente haya echo confluir de una forma explícita el conjuro de su poética: el amor y sus poderes sobrenaturales. Y del amor, como una enredadera, el sexo, la piel, los intestinos, la imaginación…

Y déjenme que dedique estos tres puntos suspensivos a Albert, Lo entenderán cuando vean la obra, no exenta, por cierto, de su humor característico. Roñoso el crítico de La Vanguardia que sólo le dedica tres asteriscos, que deben traducirse por un equívoco “vale la pena”. ¡¿Qué es eso de vale la pena?!
Lo reconozco: soy un adicto a la adicción. Y, como no podía ser de otra manera, soy un adicto a Albert Espinosa, pierna ortopédica incluida. De esta forma, sin más, y después de juramentarme en no leer ni siquiera el programa de mano, ni mucho menos recurrir a hurtadillas a los “subrayados” de ese librito amarillo que tengo medio escondido en la mesita de noche, escribo estas líneas, todavía confuso, si es que esa es la palabra adecuada. No, no lo es, quería decir, todavía con la boca abierta. Escribo rápido (ya corregiré después), no sea que esta aureola que me emboba merme mas rápidamente de lo deseado y el monstruo de la costumbre me borre no tanto la memoria como la emoción. Ya saben a qué me refiero. Basta un cartelito en el ascensor, repleto de faltas de ortografía, convocándome para una reunión “urgente” de vecinos para que la magia se esfume y empiece a recordar que tengo que tender la colada de la lavadora y cosas por el estilo.
Que se tranquilicen los adictos: Espinosa sigue siendo Albert. Sólo ha liberado su poemario interno, esa fantasía tan personal, tan original y tan real por otra parte que tiene el poder de que uno pueda extasiarse contemplando el continuo girar del bombo de una lavadora. Dejemos aparte el descoloque de una pareja, saliendo -a mi vera- del teatro, más vieja que joven, y cuyo referente principal parecía ser “Planta Cuarta”. Porque intentar racionalizar el espectáculo, una obra “de cámara” densa y fluida a la vez, en la que la lectura racional le puede dejar a uno tan cojo como al propio Espinosa. La obra requiere, obliga sería mejor decir, a una “lectura” sensual de los sentimientos. A eso se le llama la unidad de los contrarios. Amor y pasión. Sexo y amor. Vida y muerte. Sueño y realidad. Recuerdo y realidad… Las dicotomías se ensamblan con una potencia y sutilidad que la música de jazz –en directo- y la plasticidad de la pintura hacen de la obra una pieza de música, una pintura no figurativa. Se trata, nada menos que del mundo amarillo de Espinosa. Un mundo en el que la vida, el amor, la amistad son un don, un poder oculto y sutil sólo al alcance de los elegidos. No. Miento. No de los elegidos, sino de los que eligen. Un mundo en el que los números bailan claqué y sus protagonistas perseguidores incansables de sus almas gemelas, de esos “dobles” sin los cuales nos vemos abocados a la más negra y absoluta soledad.
teatre lliure
“El fascinant noi que treia la llengua quan feia treballs manuals”
creación y dirección: Albert Espinosa
intérpretes: Roger Berruelo (extraño), Juanma Falcón (dani), Albert Espinosa (marcos)
desde el 11 de noviembre al 13 de diciembre

Etiquetas:

24.11.09

Los Tres Mosqueteros (¿O eran cinco?)



Paco Gallardo era l’enfant terrible del grupo. Declaraba, sin pestañear: “Te miré y me quedé loco para siempre”. Y es que hay pasiones que matan, y por eso mismo, atrapado por el lado canalla, les deseaba lo peor a los maridos de las mujeres de las que se enamoraba:”Que se los comieran vivos las cucarachas”, por ejemplo. En su corazón roto aleteaba “l’amour fou”, pero quizás más que eso, toda la turba famélica de la nouvelle vague sacando las vergüenzas al exterior y el romanticismo a flor de piel. De la hecatombe sólo se salvaba la genialidad de Jacques Tati. Por supuesto, Paco era un transformista que cuando atardecía deseaba ser Jean Paul Belmondo, en “À bout de souffle”. Exactamente como en la película, es decir, para, finalmente, caer fusilado por el discurso del método. Porque envejecer, decía, parafraseando a Oscar Wilde -y con muchísima razón- corrompe que es una barbaridad.

Las manos que palpitantes retrataban tu cuerpo
Embelesan el aire y le hacen bucles

En una esquina opaca de meadas y murmullos.”

Escribía Emilio Cortavitarte. Como si lo hiciera desde el interior de la sofisticada caverna de las canciones de King Crimson, Emilio, escribía poemas desde donde ordenaba crucificar el hálito lunar y nos confesaba que “en las paredes de salitre muchos pies inscritos esconden sus huellas, calzando zapatos de cuero y disfrazando sus besos de sigilo”. Lo hacía con su habitual bonhomía y, también, con una elegancia muy personal que lo hacía con su característica seducción, que contrastaba con ese ambiente de bajos fondos contraculturales en el que nos movíamos como Pedro por su casa. Devoto de la buena música, estaba Charlie Parker, pero también Mick Jagger. Y apuesto que –aquí me falla la memoria- Henry Miller. Emilio nos escribía sus cartas con la primorosa caligrafía de su pluma estilográfica. Decían que había actuado como cantante solista en un grupo de rock, pero nunca pude saber mucho más que eso.
Algunos cuentan que Genís Cano fue en algún momento un “pijo” preuniversitario, que paseaba su cuerpo serrano por los bares de dentro y de cada una de las facultades de Pedralbes. Sin embargo, cuando le conocí, críptico, templado y curioso como nadie, ya parecía un agente secreto de la poesía marginal. Genis era el más joven del grupo, sobrepasaba con creces la estatura media nacional y poseía un aire dulzón y seductor, tirando a místico. Gustaba de presentarse, cuando le daba la real gana, con una zanahoria auténtica colgada del cuello y parecía complacerle sobremanera nuestra incontenible verborrea. Para dar fe de ello, pronunciaba invariablemente la misma sonora palabra, ”acuuuullunant”, vocablo éste, intraducible, al menos al castellano, ya que su homónimo, “cojonudo”, no posee los matices, la suavidad ni el esplendor de su versión catalana. Eran, aventuro, tiempos de aprendizaje, porque posteriormente se convirtió en un adalid de las literaturas sumergidas, junto a personajes como Julià Guillamont o el siempre entusiasta y entrañable David Castillo.

Con su lupa psicodélica investigaba en el Bar London por si pillaba al poeta Rimbaud liándose un porro con Francesc Fanés, Jaume Quadreny o Pere Marcilla. Ellos estaban en algún rincón del garito, festejando al unísono: Merde pour le poésie! Y mientras los buscaba, Genís advertía, premonitorio: “que mai fem oblit de la capacitat de sorprendre’ns” (“que nunca caigamos en el olvido de la capacidad de sorprendernos”). Y por fin los encontraba, claro, y entonces les recitaba uno de los poemas que escribiría veinte años después:

"El trapecista s’engronxa
ultratja tots els ocells
que volen posar niu al seu barret
sodomitza tots els dracs
que s’enrosquen a les botes
se’n fot de les deformitats que esperen i somriuen
tira de la cadena
i riu
fins a fer-li mal les barres de tant de riure"
(1)


Pere Marcilla, como tan bien cuenta David Castillo, era “un auténtico iconoclasta, que detestaba los mitos”. Merodeaba, con su contagiosa y vehemente radicalidad, entre las brumas del London, el “viejo” Zeleste” y el Café de la Opera. De la Plaza del Rei a la de Sant Felip Neri (nuestro diminuto santuario). Escuálido y jovial, ya entonces empezaba a tomar forma su gran magnetismo personal, que más tarde le caracterizó y que tanta admiración y afecto cosechó. Somos pocos los que lo sabemos, pero suya fue la versión catalana del mayo del 68; aquella que decía, en las paredes de la Universidad, del metro, de los ascensores y de los aseos –por llamarlos de alguna manera- de la plaza Catalunya: "Follem, folleu, que el món s'acava". (“Follemos, follad, que el mundo se acaba”).
Xavier Sabater aparecía en nuestras reuniones con su larga y negra melena, su inigualable y volátil sonrisa y esos ojos curiosos y juguetones que siempre le han distinguido. Lo hacía –comparecer-, provisto de sus consignas underground y sus poemas infernales. Como un miembro más de los Stones, como un funambulista antes de realizar una de sus grandes acrobacias. Al igual que todos nosotros, pero un grado más, simpatizaba con el diablo, y es que nos sentíamos más próximos a las sombras, al reverso de Dionisos que a la claridad engañosa de Apolo y, por supuesto, abocados al otro lado en general. Pasados los años, Sabater pasaría a convertirse en lo que todavía es hoy: el gran referente de la Polipoesía y la Perfomance. Un buen tipo, por otra parte, que regenta y alienta con su natural bonhomia la poesía sumergida. Sólo él, entre todos nosotros, ha sido capaz de llegar indemne al XVII Festival de Polipoesía, celebrado recientemente en el barrio de Horta-Guinardó. La polipoesía de Sabater: la poesía fonética recitada con la ayuda, inteligente y hábil, de sintetizadores, distorsionadores, flangers y demás artefactos modernos. En el antiguo local de La Papa tuve el privilegio de presenciar las actuaciones de Enric Casassas y Xavier Sabater, mano a mano, soliviantando a un escogido y selecto público, síntesis anacrónica de la vocación marginal, la manera underground, la contracultura y la madre que nos parió.

Daría un año de vida por averiguar algo más acerca de aquella esquiva quimera que acabó burlándose de nosotros, antiguos argonautas de los setenta, aquellos tiempos en los que no teníamos nada mejor que hacer y no nos dignábamos siquiera a mirar hacia el lado del tiempo. Un tiempo que pasaba por nuestro lado repleto de meritorios oficinistas y turistas en general, de excursionistas y boy scouts estrenando mochila, de agonías franquistas y sesudos militantes del PSUC disfrazados de futuro. Lo cierto es que estos tres mosqueteros (o cinco, para ser exactos), insobornables a los cantos de sirena del nuevo orden, optaron por el otro lado de la realidad. Y en ello, a algunos les fue la vida. Pere Marcilla y Genís Cano ya no están entre nosotros. Vaya desde aquí un saludo a los supervivientes y un homenaje a los que se fueron.

(1) Genís Cano i Soler: Els sots piscodèlics, poema sin título, página 18, s.edicions, Barcelona 1991
El trapecista se columpia
ultraja todos los pájaros
que quieren poner nido en su sombrero
sodomiza todos los dragones
que se enroscan en sus botas
se burla de las deformidades que esperan y sonríen
tira de la cadena
i ríe
hasta dolerle la mandíbula de tanto reír

Etiquetas:

4.11.09

Una cuestión personal. II. En tierra de nadie


Cuando menos me lo esperaba, un día entre tantos otros días, la profesora se fue. Se esfumó. Kaput. Final de la historia. Sin avisar, sin despedirse siquiera. Ese día apareció el director acompañado del sustituto: un monstruo de las cavernas con gafas oscuras y una cartera andrajosa, como todo en él. Al shock inicial le siguió un proceso lento y cruel. Descubrí, poco a poco, sin prisas, que el amor es frágil pero que también puede ser humillante. En los meses posteriores a su marcha, pensé mucho en ella. Delinquiendo de la forma más vil, odiándola primero y perpetrando, luego, artimañas a la cuál más miserable para invocar la magia de su regreso, el retorno de su socorro, su protección, sus caricias.

Y lo hacía, atormentarme, mientras permanecía echado en el hueco del portal de casa, acompañado de una sensación agridulce: la de la pérdida de Laura –porque así se llamaba la profesora, la mujer que me había abandonado- y, a la vez, el descubrimiento de una nueva y maravillosa sensación: esa atracción irresistible que, aunque todavía me hallaba lejos de estar en disposición de llamarla amor o deseo, me había transformado en otra persona. Ni puñetera idea de que hay momentos en los que uno cambia para siempre. De esta forma, abrumado por este nuevo y extraño sentimiento, que me producía a la vez dolor y alegría, dejaba que pasaran los automóviles y los tranvías, y el tiempo, si se le puede llamar así a un tránsito irreconocible, más lento todavía, sin interferirme en su premioso y cansino progresar.

Luego llego la realidad. Llegó con sus bravatas, su ley de la gravedad, su al pan, pan y al vino, etc. Y, por supuesto consiguió arrastrarme con sus cantos de sirena. Hasta al punto lo hizo que, de entrada, no reconocí ninguna de sus falsedades aunque lo que sí hizo fue amortiguar mi furor, llamémosle prerromántico. Alcanzado este punto, la confusión era notable. Mucho antes de llegar al metalenguaje de los logaritmos neperianos ya había perdido la poca inocencia que me quedaba y, con la mosca tras la oreja, empecé a contemporizar de forma vergonzante con la gnosis de la culpabilidad. Y fue entonces cuando decidí desertar, pasarme al enemigo. Aunque en esto también erraba. En realidad, no había más enemigo que yo mismo. De esta forma me metí en tierra de nadie y sin saber qué hacer.

Algo hice, sin embargo. Abandoné la práctica humanitaria –sino imaginaria- de la lucha de clases, los estudios de Arquitectura y, desde luego, sustituí el póster del Che Guevara (del estudio) por el más pragmático de la bella Rinko Kikuchi. Y por suerte, descarté cualquier salida heroica al conflicto, como reventarle los sesos al Jefe de Servicio, que me hacía la vida imposible. Hubiera sido una verdadera putada para mi hija adoptiva, para mis queridos suegros pero, sobre todo, para madre. Como éste es un mundo de sordos nunca llegué a saber qué era mejor, si escuchar a los demás o a mí mismo. Lo primero resultó un esfuerzo inútil y lo segundo un sufrimiento injusto.

Lo del cabreo siguió luego. Era una sensación parecida a cuando metes el zapato –y con él los bajos del pantalón- en un charco de barro, y tu ailoviu no se ríe –que es lo propio- sino que te dice que el campo es una maravilla. Como la lluvia en Sevilla. Lo del cabreo: ¡De acuerdo! Ya lo he entendido. Había errado mi camino en lo fundamental. ¿Pero, cómo podía saber yo que los sentimientos ni se compran ni se venden? Que el olvido no es una elección, que los recuerdos no son más que eso, recuerdos, fotografías con sonrisas de patata, imágenes desgajadas de los sueños, nada más que palabras y recuento, algo en definitiva tan superficial como ese abrigo que nunca te pones pero del que te resistes a desprenderte…
Y como siempre que hay algo peor que este silencio ninja que produce la sordera a perpetuidad, sólo me queda ese cuchillo que ha atravesado mi piel y se ha instalado dentro de mí a perpetuidad. Y sólo cuando dejo de luchar para huir de mí mismo, sólo entonces acepto que la historia de Laura tuvo una secreta continuación que nadie conoce y, que, ciertamente, a veces el ser humano yerra el camino pero lo hace a conciencia. Porque de no ser así hubiera evitado por todos los medios saber dónde está Laura, que hace y deja de hacer, cuántos hijos tiene, a qué se dedica su marido, cuántos amantes ha tenido, etc. Y que a pesar de habernos convertido, tras largas y a veces torpes peripecias, en dos desconocidos, no puedo conseguir romper del todo su imagen, dejar de sufrir lo indecible cuando el fru fru de su vestido me sigue rozando al pasar justo a su lado. Saber que su mirada es en realidad la mía, que en un momento determinado dejó de ser su fulgor lo que me trastornaba para pasar a ser mi propio trastorno -convertido en un viejo y tosco Pigmalión-, lo que nunca dejaba de conmoverme.

Y ahí empecé a entender. Yo, que nunca me he perdonado, porque siempre hay algo por lo que hacerse perdonar y, por mucho que insista en la perversidad de no aceptar ese perdón por amar mi propia obra, aunque ahora mismo sea un individuo aparentemente sensato y medianamente respetable, y a pesar de que repita historias que otros ya vivieron, de qué no haya inventado nada nuevo, no puedo olvidar las palabras de Rainer Maria Rilke, que me martillean una y otra vez en la soledad de mi inconsciente: "ser amado es pasar y, en cambio, amar es permanecer con luz inextinguible porque, en definitiva, lo único que uno ama es ser." ¿Quién puede pedirme cuentas por esto? Yo os lo diré: nadie. Pasa como con el pasado. Jamás se pide cuentas al pasado. En el mejor de los casos, revientas para que te deje vivir en paz. Aquí estás, muchacho, en tierra de nadie.

Etiquetas:

24.10.09

Una cuestión personal. I. La inocencia


Los polos de fresa costaban una peseta, esa es una de las cinco certidumbres de mi infancia –de las otras cuatro, mejor no hablamos-, aunque he de confesar que sentía verdadera debilidad por los helados de vainilla y no digamos por los de chocolate, aunque estos últimos costaran el doble. Así pues, la cosa tampoco era tan fácil. ¿Fresa? ¿Vainilla? ¿Chocolate?

Podía permitirme tales divagaciones, seamos sinceros, y, además, se lo contaba a mis amigos porque, a tan tierna edad, todavía no sabía que el planeta Tierra era un mundo de sordos. A falta de otra cosa mejor que hacer, cuando me cansaba de pegar los cromos con las estampas de los jugadores de fútbol, o de construir artefactos convencionales con mi Meccano Número 3, lo cierto es no me quedaba otra opción que aburrirme como una ostra. Mucho más tarde, descubrí –pasmado- que una lista interminable de intelectuales de renombre, se explayaban acerca de las maravillas de la infancia. Por ejemplo, estaba el lingüista Roland Barthes que, sin despeinarse, escribió que "en el fondo, no hay más país que el de la infancia." Y el surrealista André Bretón, en un momento de delirio in tremens, o simplemente para reafirmar alguna de sus originales teorías, afirmaba sin pestañear que: "si le queda un poco de lucidez al hombre, no tiene más remedio que dirigir la vista hacia atrás, hacia su infancia, que siempre le parecerá maravillosa, por mucho que los cuidados de sus educadores la hayan destrozado."

Lo de los educadores mejor lo dejamos, porque esto se alargaría demasiado. Lejos estaba yo de sospechar que el Atlas de Geografía Universal en general y el cosmos en particular me depararían más sorpresas que la filosofía en general y la literatura en particular, es decir, sin saber lo esencial de mi condición. Contemplaba el paso de los tranvías por la calle y escuchaba junto a mis colegas - la pandilla, nos llamábamos a nosotros mismos, necesitados como estábamos de ponerle nombre a todo- su traqueteo, y, de vez en cuando, la cantinela de su clanc, clanc. Y pensábamos: a ver si se sale el trole y se arma la de Dios es Cristo, y se mueren unos cuantos. Porque todo y lo críos que éramos, ya empezábamos a sentirnos un poco asesinos.

Así, mientras nuestras madres separaban las lentejas picadas de las buenas y, luego, les añadían Avecrem Gallina Blanca, en el mundo exterior una perrita llamada Laika navegaba en silencio por el espacio que cada vez sabemos más infinito y en el mundo de acá el silencio era otro, más extenso todavía, interrumpido solamente por los anuncios de la radio, nosotros todavía seguíamos sin saber que nos hallábamos en un planeta de sordos, así que casi siempre caíamos en la trampa de acabar discutiendo si Pelé era mejor que Kubala y tonterías por el estilo. Sin embargo, la mayoría de las veces no ocurría nada grave, si exceptuamos el letargo de las tardes. Unas tardes que se estiraban como la goma de mascar Bazooka -el chicle Bazooka, el mejor de todos-, tardes anodinas e interminables que desembocaban, finalmente, en un estallido de hilaridad y monumental rechifla ante el sonido continuado del timbre de las cinco, cuando la siniestra academia soltaba a sus mocosos. Sí, señores poetas, esos mismos monstruitos de ahora, acompañados de sus progenitores, sus guardaespaldas, sus managers, agobiados todos en sus tareas extraescolares, las de sus retoños y las suyas propias. Educadores de mierda, a los que puede que algún día me decida a rociar con mi lanzallamas. Porque cuando lo haga no quedará de ellos ni la cenizas. Lo juro.

Claro que cuando crecen, no mejoran necesariamente. Mirad, por ejemplo, a los pobres currantes, sólo por mencionar a un colectivo del que formo parte inactiva: Firmes ante el reloj de control esperando que se agote el minuto para fichar. Nuestra patética lucha diaria para “ganar” un minuto, para meternos en los ascensores atiborrados provocando que sus ocupantes refunfuñen por lo bajini. Esa falsa sensación de libertad, ese camelo, nos tiene hipnotizados. ¡Qué fácil ir a guerrear a las Galias con tipos como nosotros! Uniformados con aquellas patibularias batas a rayas, impregnadas todavía de ese olor a membrillo y orín, como adherido con UHU, el pegamento alemán que lo pegaba absolutamente todo, con las manos sucias, salíamos pitando del colegio y no nos cansábamos de correr y saltar y aporrearnos con las carteras hasta llegar a casa, sudorosos, para, una vez allí, reclamar, con la autoridad que otorga el no tener todavía ni puñetera idea de la escisión entre el Yo y lo Otro: ¡La merienda! Olvidándonos en un plis plas de los deberes y los coscorrones. Para escuchar, ya en casa, entre bocado y bocado, la sintonía de Tambor, el único programa radiofónico del mundo en el que las hormiguitas y las abejas hablaban por los codos.

Y quizás por todo eso, por esa melancolía manchada de lamparones y chorretes que ya entonces embargaba mis rodillas y las tardes en la academia, por todo eso, cuando llegó la nueva maestra, tan joven y guapa, - y tan diferente a la vieja momia de antes -, tan exuberante con esos vestidos de radiantes estampados, con esos lunares de colores, cuyos dobladillos volaban al andar y que yo no me cansaba de espiar… Por eso y por todo lo demás (el miedo al futuro cruzándose con la carcoma del fin de semana sin saludarse siquiera), no pude menos que enamorarme de ella. ¿O qué otro sentimiento podía responder a ese sufrir indecible cuando el fru fru de su vestido me rozaba al pasar justo a mi lado? ¿Cuando con esa mirada y no con otra me perdonaba la vida? Me perdonaba yo no sabía qué, aunque siempre había algo por lo que hacerme perdonar: no saberme la tabla del nueve, por ejemplo, eso tan fácil para mi aguerrido adversario de pupitre, porque nueve por siete era como un adulto mirándome por encima de sus gafas, porque no sólo era la tabla del nueve, peor todavía era mirarla a los ojos y no sentir una llama viva abrasándome el corazón.

Etiquetas:

3.10.09

Guardando las distancias

Harto está de pasear su impotencia como si fuera un perro, pero, sobre todo, de escuchar al cirujano y dejarse los ojos y oídos intentando escudriñar en qué palabra, entre tantas, ha de fijar su atención, dónde se acaba la estrategia del tecnicismo y dónde empieza la amenaza real. Harto de constatar, una y otra vez que están en sus manos. Es en estos casos cuando uno descubre que no cree en el destino.

Nada que no ocurra con cierta frecuencia, por otra parte. A su mujer le han encontrado un tumor del tamaño de un pomelo. De esta forma tan simple –y tan común, por otra parte-, la fragilidad se ha instalado de forma repentina, brutalmente, en su territorio más íntimo.

Y, dadas las circunstancias, no deja de asombrarse ante la diligencia con la que se levanta por las mañanas. La eficiencia con la que se afeita, aunque la corriente de su pensamiento gotee como un grifo mal cerrado y el espejo acabe quebrándose sin llegar a romperse. La presteza con la que se ducha y elige camisa y corbata, pone la cafetera y escucha la radio, para acabar posándose como un animal herido en el escondrijo de su escritorio. Allí consumirá su primer cigarrillo y revisará las entradas de su correo electrónico. Ese miedo a que la alteración de las costumbres suponga una tácita aceptación de que algo ha cambiado. Así, sin más, sin mayores explicaciones, piensa. Ese bultito que no parecía nada. Porque muchas de las veces nadie avisa en esta casa llena de fantasmas que es nuestro cuerpo. Y no quiere ni pensar por qué ese pedazo de carne enferma está dónde no debería estar. Dónde no se le ha llamado. Y van y le ponen un bonito apellido: tumor mixto benigno. Benigno, si exceptuamos el pequeño detalle de que se halla muy cerca de la vena carótida, y que esta arteria no admite bromas. Y de esta forma enmarañan su nomenclatura médica, de forma respetuosa y guardando las distancias, no sea que ruja como un león y se encabrone, y el domador se quede con lo puesto. Es decir, con un cadáver más en el quirófano.

Y ahí se produce la escisión, sin más, esa casualidad tan frecuente, dicen los ojos del cirujano, el que manda ahora, y manda mucho, que no su boca, ahora sellada, no sea que le arranque una palabra de ánimo que pueda crear falsas expectativas, “no sé si me entiendes, le cuenta a su amigo Pedro”. Y ese esfuerzo tan profesional en disimular que tras sus pausados y venerables gestos se oculta la sucia cara de la rutina.
Porque, al fin y al cabo, frecuente quiere decir que pasa todos los días, y eso, lo habitual, hace que el exorcismo funcione y el mete-saca de las placas en la pantalla del consultorio parezca un trámite más. Y lo es, claro está, y eso lo disminuye, le intimida si cabe más: no es nuestra radiografía, es una radiografía más. Y de ahí esa desazón, esa ansia en percibir un gesto, una señal, una muestra de algo, una frase compasiva que no llega. ¡Pues sí que es seria la cosa, cuando hasta la mentira piadosa se acobarda!

Nada que ver la monotonía de los hospitales con esta rigidez interna que invade cada uno de los días previos a la operación. Nada que ver con esta melancolía que para él siempre ha sido una sensación anterior a la razón, a la memoria misma. Esa parásita melancolía, tan gorrona y garrapata, tan hambrienta que ahora mismo se anticipa a hechos que todavía no han ocurrido pero cuya amenaza le secuestra y paraliza.

Claro que, bien pensado, ¿qué puede esperarse de un tipo que habitualmente se pone a bailar en el comedor, al son de Tu Vuó Fa’L’Americano, de Renato Carosone? Nada bueno. De un tipo que mientras su mujer espera la entrada en el quirófano reclama un espacio de tregua y alto el fuego, se alquila una película, Zulú, por ejemplo, y se deja caer en el sofá abriendo un paréntesis en la incertidumbre que lo reconcome y no lo deja conciliar el sueño. Y ahí están: un puñado de casacas rojas resistiendo como jabatos ante cuatro mil zulúes. Ciento cuarenta soldados británicos para ser exactos, dirigidos por los tenientes Chard y Bromhead. Éste último nada menos que un Michael Caine guapísimo, con su pelo rubio y caracoleado.

Sólo le restaba esperar. Y recordar las palabras de Pedro. Esta espera es como la de unas oposiciones, le dijo, afectuosamente: Las oposiciones, como el boxeo, generan individuos noqueados, individuos con dificultades para el trato social, para moverse con soltura fuera del gimnasio de ese programa académico que constituyó su entrenamiento.

La operación fue un éxito, el cirujano desempeñó su tarea con eficacia. No en vano le dedicó una parte de sus plegarias para que el doctor M. se creyera, efectivamente, un pequeño Dios, y que, además, se levantara el día de la operación fresco como una rosa, sin malos rollos porque el coche no arrancase, porque su equipo de fútbol perdiera en la Champions, porque la víspera se estropease el televisor y tuviera que soportar la eternidad de una cena con su esposa y los niños y acudiera al quirófano con ciertas dudas sobre los misterios de la vida...

Y, sin embargo, reconoce, antes del feliz desenlace, esa seguridad con la que avisaba y advertía a familiares y amigos de que todo iría muy bien, era tan débil como cualquier convicción que se basa en la necesidad. Por eso mismo, se sabía mísero, y también cómplice. Cómplice de todos aquellos que también mentían, aunque fuera por compasión, porque, al fin y al cabo, su esperanza se basaba, como nunca, en un claro soborno a la razón y las estadísticas. Traicionando sin pudor una de mis más firmes convicciones, cuando la verdad es lo de menos y sólo importa la vida. Como esa afirmación tan suya y que ahora mismo esconde como se esconde una vergüenza: la de que lo peor siempre está por venir.

Etiquetas: